"El olor de la tormenta" es el título de mi primera novela concluída. Por el momento, espera ser corregida y valorada por un equipo profesional y, si se tercia, será movida por editoriales hasta que una decida que merece ser publicada. Tanto si eso pasa como si no, lo cierto es que he disfrutado enormemente con la escritura de esta obra. Os dejo un pedazo de ella para que, sin desvelaros ningún detalle importante, podáis ver algo de mi estilo. Espero que os guste.
Os sitúo. El Capitán habla con León sobre un viejo amor. Ambos, compartirán muchas horas en la vieja taberna de Salvador.
"-Es una lástima que no la viera más.
-La veo siempre que quiero. Sólo necesito una hoja de papel y puedo tenerla delante, hablar con ella. Tocarla. ¿Tienes una?
Colgada en la pared, justo sobre el final de la barra, había una tabla de madera de la que colgaban grandes hojas de papel, sujetas con una pinza. En ellas, Salvador escribía anotaciones para los clientes, como nuevos vinos que tenía a la venta o fechas para competiciones de ajedrez o naipes, que se celebraban entre los clientes habituales. León arrancó una de esas hojas y la colocó sobre la mesa del viejo, con curiosidad. El viejo sacó, de otro de los bolsillos de la chaqueta, una caja alargada y metálica. De ella, extrajo un carboncillo. Colocó recta la espalda, se incorporó, casi con solemnidad. Ladeó la pieza de papel y empezó a trazar unas irreconocibles líneas. Sobre una forma casi ovalada, algo más aguda por la parte inferior, empezó a trazar ondas que nacían en la parte superior y caían, con la naturaleza de la mano experta, hasta casi el final de la hoja. Una nariz comenzó a aparecer, primero como una sombra, y con una preciosa forma luego. A los lados de ésta, comenzaron a tomar forma y color los pómulos, que resultaban tener una prominencia latina. Con el trazo de éstos, la cara perdió totalmente su forma inicial de óvalo. Bajo la nariz, un fútil surco, que daba el primer hálito a una boca aún oculta tras el velo de la creación futura. Primero el superior, luego el inferior, una preciosa boca fue tomando forma. El viejo creó unos labios carnosos, con volumen. Perfiló aún más la barbilla, que, con la boca terminada, mostraba una mandíbula fina, que dejaba ver una cara de cristal; de un quebrantable rigor. Iba cambiando los carboncillos con rapidez, con habilidad. Casi cada centímetro de la cara necesitaba un grosor o una dureza distinta. Lo que le sorprendió fue que nunca cambiaba el cisco que había tomado. Metía sus dedos en la pequeña caja y sacaba el que necesitaba; el idóneo para conseguir el grosor de sus labios, o la casi invisible sombra de sus pómulos. Sus manos se movían con ritmo; un compás rápido y constante. Un allegro en carboncillo.
De repente, una pausa. Un silencio. Seguía el compás en el aire. Un, dos, tres, cuatro. Se acercó la caja a los ojos, para seleccionar el cisco. No lo hizo tan mecánicamente como antes. Un, dos, tres, cuatro. Tomó uno. A León le pareció igual al resto, pero sabía que era su ignorancia la que le hacía verlo así. Un, dos, tres, cuatro. El viejo tomó aire. Se acercó a la que sería Rosa. Colocó, delicadamente, su mano izquierda sobre la frente de la portuguesa. Como si la velara en su lecho. Entonces, con una solemnidad que León admiró, sin comprender, comenzó otro trazo. Con otro compás. Con otro ritmo. Andante. Y los ojos se iban desvelando, en una danza que a León le pareció bellísima. Una mano, un carboncillo. Y el rastro de su baile, sobre un papel, como en un salón imaginario, en que dos danzantes dejaran la huella de sus pasos; tiñeran el suelo con los círculos de su vals. Un, dos, tres. Y los ojos tomaban, poco a poco, forma. Un, dos, tres. Y los ojos tomaban, poco a poco, profundidad. Un, dos, tres. Y creó las cejas, que le daban a Rosa la expresión que necesitaba. La enigmática mujer que abandonó al capitán. Que daban amargura a aquella sonrisa, que en el alma no lo era. León la miraba, por encima del hombro del capitán, que perfeccionaba el cabello y la forma de la barbilla, con trazos como lanzados al azar.
-Aún no estás lista, Rosa.
El viejo le habló al retrato. Al hacerlo, los trazos sobre su cabello se transformaron en ligerísimas caricias y así, se unificaron en una preciosa melena negra, que lucía un brillo especial. León no quería romper el ritmo, pero el vals se ralentizó al dar paso a las caricias. Aprovechó ese interludio.
-¿Qué le falta?
-Lo más importante…- hizo una pausa. Un silencio más, que daría paso a quién sabe que nuevo ritmo. –Le falta la vida.
Tomó la pequeña caja y sacó un cisco. Lo miró con detenimiento y pasó el dedo sobre la punta, como moldeándolo. Respiró, apuró el silencio. Y su mano comenzó a moverse sobre el retrato. No apoyaba ni una parte de su cuerpo, acaso por miedo de mancharlo. Un compás rápido. Si no fuera por la precisión de sus pequeños trazos –quizá sólo puntos o sombras- se diría que frenético. En un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho; el capitán salpicaba la cara con inapreciables gotas de vida. Vivace presto. Un tempo para darle vida a Rosa, la portuguesa. Su boca tomó volumen y su sonrisa se tornó más enigmática aún. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Sus pómulos se acentuaron, con un aire romaní. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Un brillo comenzó a tomar sus ojos, casi como si de ellos quisieran brotar lágrimas. Unos ojos de cristal que anudaban la garganta. Rosa tenía una expresión triste. Acaso era así como el capitán se la imaginaba tras abandonarle. Acaso su aire alegre desapareció, con el viejo. Acaso, esa expresión angustiada, fue la última que él vio. León quiso pensar que fue así. El ritmo de su trazo fue ralentizándose. La sinfonía llegaba a su fin. Lento. Más lento.
El viejo soltó el carboncillo dentro de la caja y se sacudió las manos. Dedicó una última caricia al cabello de Rosa y, sin apartar los ojos de los de ella, habló.
-Ahora sí. Ella es Rosa."
Obra protegida por el registro de la propiedad intelectual

Esta
obra está bajo una
licencia de Creative Commons.